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Adulto mayor – depositario de la memoria de la sociedad y sabiduría de la vida

El adulto mayor es templo de sabiduría y raíz de la familia. En su voz habita la memoria de la sociedad, en su mirada, la propuesta de vida que nos sostiene.

Reconocerlos no es caridad, es justicia, compromiso y gratitud. Ellos son verdad cercana, faro de esperanza, y puente hacia un futuro humano y solidario. Sentido profundo que la vida es para trascender, reconciliado, con carga liviana y suave.

El adulto mayor no es únicamente una etapa biológica; es un símbolo vivo de la vida que encarna la fuente inspiradora de las familias, es memoria colectiva y un templo de sabiduría que la sociedad necesita reconocer y valorar, para trascender en los tiempos y referenciar. En ellos se encarna la experiencia acumulada, la resiliencia frente a las adversidades, resistencia y la capacidad de transmitir valores que sostienen la vida familiar y comunitaria. Reconocer su papel es un compromiso ético y estratégico para el desarrollo humano.

Muchos viven en soledad, invisibilizados, con pensiones insuficientes y sin acceso a servicios básicos. La salud que se les brinda suele ser fragmentada, enfocada solo en lo físico, dejando de lado lo emocional y lo espiritual. Y lo más doloroso: la visión de la familia y de la sociedad muchas veces los reduce a una carga, olvidando que son fuente de sabiduría y resiliencia. Esta situación nos interpela. Nos exige repensar el rol de los gobiernos subnacionales, del sector salud, las familias, la acción pastoral de la iglesia como veladora de la vida y la trascendencia de ella. No basta con programas asistenciales aislados. Necesitamos políticas públicas integrales que reconozcan el derecho de los adultos mayores a una vida plena. Una pastoral donde prime la vida de los hijos de Dios, así como el cuidado de la tierra.

Entonces, la realidad actual de ellos no es el fin mismo de la vida. Es una consecuencia del modelo social y la perpetuación de formas de actuar en desechar la vida, tal como desea este modelo, en un abordaje de desprecio en toda la línea de vida de los ciudadanos mayores. El aumento de la población adulta mayor plantea retos en salud, economía y de cohesión social, para que la misma sea mas profunda y con un alto sentido para todos los integrantes del grupo familiar.

Para los que trabajan con ellos, nos señalan que esta vida adulta ha descubierto la verdad o están próximos a ella; asimismo dicen que su experiencia y memoria histórica rara vez se integran en políticas públicas o proyectos comunitarios. Si tan sólo se pudiera escuchar sus testimonios sobre lo andado muchos errores se podrían evitar para todo lo que es la línea de vida. Muchos, se ahorrarían 50 años de errores. Y, la verdad sería un pan cotidiano del día. Así tendríamos una comunidad más sólida, estable, coherente, firme, convencidos que la vida es una experiencia que vale la pena y, por tanto, la trascendencia de la vida estaría en el centro del hogar.

Las sociedades fuertes, con menos daño en su centro de desarrollo existe la capacidad ética de darle valor, y es por ello que estiman la vida y la tierra. Estimulan la convivencia pues de ella se producirá una mejor versión de las capacidades humanas, sobre todo aproximaciones a la verdad de la vida.

¿Qué hacer con la vida? Tener un programa de vida. Toda familia tiene que reconocer que tiene una misión, llegar los más próximo a la verdad de la vida, ser feliz, disfrutarla, apreciar el valor de la belleza y la existencia de los demás ciudadanos. Construida desde los pasos de fuentes mismas de los antepasados que enriquecen la existencia al conformarse nuevos lazos para caminar construyéndose.

¿Qué hacer con los adultos mayores? Darles el lugar en la vida familiar. Integrarlos en proyectos de la familia. Entender su etapa de vida. Generar las condiciones del autocuidado y atención necesaria para seguir inspirando la vida. Estrechar los lazos intergeneracionales de modo que exista en la familia transmisión segura de valores y saberes. Crear espacio de escucha como parte de fortalecer la memoria activa de la familia, integrarlos como consejeros, hacerlos vivir en su dimensión sustantiva, de forma que siempre esté como un mediador cultural de la familia y comunidad. A nivel de la comunidad, es necesario que existan políticas públicas con espacios para producir encuentros, dinámicas de memoria y estima, reforzando con ello su sentido de valor, utilidad y pertenencia. Fomentar los círculos de apoyo sobre la base logros, resiliencia y legado; idear grupos que transformen la soledad en alegría, encuentro y diálogo de saberes. En el marco de lo espiritual, la afirmación del cuidado de la vida, ser el puente de transmisión de fe, esperanza, revisión de vida, gratitud y trascendencia del acto humano; fomentar en ellos las prácticas que fortalezcan la paz interior y la reconciliación con la historia personal, la vida es liviana no es una carga, para trascender hay que ir livianos de corazón.

Las iniciativas de trabajo de agentes comunitarios solidarios deben ser reconocidos y apoyados. La política territorial desde lo público debe reconocer y exponer su prioridad sobre la vida y generar partidas que vayan al centro del problema humano, resolver la distancia entre el abandono total, desidia gubernamental sobre el valor de la vida y sus ciudadanos mayores. Ellos son actores estratégicos de saberes de la vida en muchas dimensiones de ella. Las instituciones educativas deben incorporarlos como agentes libres de ser educadores comunitarios de la memoria activa de la comunidad. Las familias, deben construir con esa memoria una propuesta de vida, reconocer e integrar el valor intercultural en la conformación de nuevas familias, aprender de ellos los lazos más sólidos para hacer una vida integrada, comprometida y con prospectiva a ser y alcanzar la felicidad desde sus decisiones.

Las teorías del bienestar nos recuerdan que la seguridad, la pertenencia, la autoestima y la autorrealización son necesidades universales. La OMS nos habla del envejecimiento activo, donde participación, salud, seguridad, bienestar, felicidad son pilares de los derechos de todos. Y la experiencia nos dice que el bienestar subjetivo depende de cómo cada persona percibe su calidad de vida, de cada entorno familiar. El adulto mayor representa la propuesta de vida de la familia y de la sociedad. Son templos próximos a la verdad en la vida, porque en ellos se revela la autenticidad de la existencia, la memoria que sostiene la identidad colectiva y la sabiduría que orienta hacia un futuro más humano y solidario.

Valorar al adulto mayor no es un gesto de caridad, sino un acto de justicia y de visión estratégica. Ellos son depositarios de la memoria social y de la sabiduría vital que necesitamos para construir comunidades más éticas, espirituales y resilientes. Reconocerlos y darles voz es comprometerse con la verdad de la vida y con el bienestar de las generaciones presentes y futuras.

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