
La violencia estructural que atraviesa el Perú no puede entenderse únicamente como un fenómeno criminal, sino como la manifestación de un trauma colectivo, de una memoria social herida que se transmite como un ADN emocional. Esta propuesta busca comprender y transformar ese dolor estructural en un proyecto de vida común, con enfoque ético, ecológico, espiritual y político. Como señala Johan Galtung (1990), la violencia estructural se manifiesta cuando las instituciones impiden que las personas satisfagan sus necesidades básicas, generando sufrimiento evitable. Es decir, se niega lo fundamental al ciudadano en un perfil de normalización del delito y de una conducta moderna o de evolución del ser humano, siendo su fundamento el desenfreno de voluntad hacia “el poder”.
Diagnóstico
La criminalidad organizada, la exclusión social y la corrupción institucional configuran un ecosistema de violencia. El Estado, en modo delincuencial, facilita el desborde emocional y legitima la muerte como forma de resolución. Según Nicol Barría-Asenjo y David Pavón-Cuéllar (2023), la violencia política y estructural deja huellas profundas en la psique colectiva, alimentando una cultura de la violencia sostenida por vínculos rotos y abandono institucional.
Guillermo Rivera Maturano (2019) advierte que la violencia en América Latina está anclada en la desigualdad histórica y la descomposición del tejido social.
La descomposición social tiene su estrategia de viciar todo acto humano, capacidades, virtudes y el sentido ético hacia si y a la vida. Por ello que el modelo social del poder absoluto, desde un entramado de gestión del estado usa a los sectores, tomándolos de la forma más absurda y burda, que sólo reproduce políticas que deterioran la vida, no hay un mínimo de sentido humano.
Este modelo ha generado un vasto programa de violencia. Hoy se puede leer en un diario el resultado de este modelo. Existe una población carcelaria de 103,342 personas. En la información dada tenemos está incompleta en la medida que hay ciudadanos que están cometiendo delito, tanto a nivel de gestión del estado como las que están en organizaciones económicas de delito y que son portadas en el día a día en el país. Igualmente, los delitos de violencia contra la mujer, los tipos acosos, la violencia en las I.E, el abandono y faltas de asistencia familiar a hijos, la deshumanización en la atención a pacientes, los tipos de comportamiento ciudadano en su desempeño social, exclusión social por procedencia y de acceso a otro nivel de educación, las faltas profesionales en lo público y privado, representan el mapa de violencia por una necesidad de demostrar que existe como persona.
No se trata de señalar que la violencia es una cuestión por diferencias políticas, género, clase o credos. Estamos en un modelo social que ha viciado todo por alguna razón que no está siendo comprendido. En la necesidad de poder ¿qué hay detrás? Si el supuesto es dinero, ¿cómo es posible que sea para el derroche y sentirse todo poderoso y más que otros? Si el fundamento es servir ¿cómo se termina sirviéndose a sí mismo?, entonces ¿qué se desea reparar? Si hay un deseo de poder, por una cuestión de sentirse excluido ¿cómo es que termina aplastando a otros? Como es lógico podremos plantearnos preguntas para los tipos de violencia cuya finalidad debe ser de encontrar el camino que la violencia no es un deterioro hacia el bien, sino que existe un grito humano de algunas heridas por el modelo social por el cual venimos transitando. Creemos que hay que comprender el problema de fondo del tema de la violencia humana en el país. Es un reto para todos y, más para quienes tratamos de construir un modelo social del bienestar y el bien común.
Fundamentos Teóricos: Psicológicos y Sociales
Desde la psicología social crítica, Pavón-Cuéllar (2023) plantea que la violencia no es solo un acto individual, sino una expresión de estructuras sociales opresivas. La transmisión intergeneracional del trauma, como lo explica Barría-Asenjo, configura un ADN emocional colectivo que perpetúa el dolor y la exclusión. Gonzalo Delamaza (2011) resalta la importancia de la participación ciudadana en la reconstrucción del tejido social como vía para superar la violencia estructural.
Las heridas generan un dolor que en algún momento va a expresarse si tiene las condiciones sociales. En un modelo político tan corrupto, la violencia que hemos señalado va a expresarse, en el tamaño de su herida. Un dolor que va transitando de generación en generación.
El reto está en todos los humanistas, en las distintas formas de expresión de los mismos para tallar modelos que sean vinculantes. No sirve ser crítico y solamente vean su carril.
La educación tendrá otro sentido, más humana, centra do en el talento y lo que de ello se desprenda; no hay otro camino para volver a la esencia humana, la educación productiva. La mejor sonrisa del ser humano es ver de sus manos la expresión de su talento.
Económicos
La desigualdad extrema y la precarización de la vida generan condiciones donde la violencia se convierte en forma de agencia. Eduardo Lora (2008) sostiene que las fallas del desarrollo económico en América Latina están ligadas a la debilidad institucional y la exclusión persistente. Modelos como la Economía del Bien Común propuestos por Christian Felber ofrecen alternativas centradas en la dignidad, la cooperación y la sostenibilidad.
Es decir, el sentido humano hacia la trascendencia no está cultivada, por alguna razón de la corrupción, en el fenómeno de la violencia entre pares, necesita saciar su dolor, convirtiendo en verdades la expresión de ese dolor en algún lado de la historia pasada y que es de preocupación para todas las generaciones futuras, que las emociones, conductas, pensamientos y afecto tengan otra connotación que no pertenecen a la esencia humana.
La ingeniería del bienestar y el bien común debe ser relacional. Totalmente integrada crear felicidad. Vincular el afecto por la vida y la tierra.
Espirituales y Éticos
La espiritualidad ofrece claves para la sanación colectiva. El perdón, la reconciliación y el reconocimiento del otro como legítimo son prácticas que pueden transformar el dolor en posibilidad. El pensamiento del postdesarrollo, como lo expone Arturo Escobar (2010), cuestiona la noción de progreso si este no garantiza vida, justicia y comunidad. La ética del cuidado y la interdependencia se vuelven fundamentales para una convivencia pacífica.
Volver al centro de la vida nos llevará a realmente gozar de nuestras virtudes y capacidades. El sentido ético por la vida nos llevará a perennizar la seguridad de no olvidar para que se nos ha dado vida. Sentir la heredad familiar vinculante con su propia comunidad.
Continuará…



